Rabietas infantiles: entender para acompañar
Lorena Braviz Rodriguez • 09 Agosto 2026
En consultas de pediatria son muchas las familias que nos consultan a diario sobres las rabietas. Pero lo que muchas de estas familias no saben es que lejos de ser un problema, las rabietas son una oportunidad.
La evidencia científica nos invita a mirar la rabietas, como lo que verdaderamente son: parte del desarrollo normal de los niños, una expresión de inmadurez emocional.
Durante los primeros años de vida, especialmente entre el año y los cuatro años, el cerebro infantil aún está en pleno desarrollo. Las áreas encargadas de la regulación emocional, como la corteza prefrontal, no están lo suficientemente maduras, mientras que el sistema emocional sí está muy activo. Esto se traduce en emociones intensas sin herramientas para gestionarlas.
En plena rabieta, el niño no razona. Su cerebro está en modo “supervivencia emocional”, lo que hace que negociar, explicar o razonar sea ineficaz. Y si además, el adulto se ve sobrepasado, desregulado y responde con gritos y enfado, todavía empeora la situación basal, pudiendo generar incluso un bloqueo en el niño.
Por eso, el papel del adulto es empatizar y regular. Para ello se debe mantener la calma, retirando objetos peligrosos o trasladando al niño a un entorno tranquilo si es necesario.
Un adulto que se mantiene sereno actúa como ancla para el niño. Por eso se habla de “ignorar la rabieta”, pero debemos matizar: no se trata de ignorar al niño, sino evitar reforzar la conducta.
El adulto debe estar presente y acompañar, pero sin añadir atención a la situación. Aquí entra en juego una estrategia especialmente útil en los más pequeños: la distracción, que suele ser útil cuando la rabieta está comenzando. Cuando la emoción ya está desbordada, pierde efectividad. Y lo que siempre se debe evitar es ceder. En dicho caso, se está reforzando la rabieta como camino eficaz para conseguir sus objetivos.
¿Cómo disminuir los episodios de rabietas?
Para intentar reducir estas indeseadas rabietas, se debe evitar el cansancio, hambre o sobreestimulación con exposición y abuso de pantallas, factores que han demostrado aumentar significativamente su frecuencia e intensidad. Cubrir estas necesidades básicas es una de las estrategias preventivas más eficaces.
También ayuda anticiparse a las situaciones: avisar de cambios (“en cinco minutos nos vamos”), ofrecer opciones limitadas (“¿quieres la camiseta roja o la azul?”) y reforzar positivamente los comportamientos adecuados.
El refuerzo positivo, de hecho, es uno de los pilares más sólidos de la evidencia en crianza. Los niños repiten aquello que recibe atención positiva.
Pero, ¿por qué ver las rabietas como una oportunidad?
Cuando el niño ya está calmado, es cuando podemos ayudarle a construir herramientas emocionales. Poner palabras a lo ocurrido (“estabas enfadado porque…”), validar su emoción (“entiendo que te enfades, estés triste…”) y ofrecer alternativas (“ qué te parece si la próxima vez…”) son intervenciones que sí generan aprendizaje a largo plazo.
Y se debe hacer una especial mención al hecho que aunque las rabietas son normales, existen señales de alerta que requieren valoración profesional: rabietas muy intensas o frecuentes más allá de los cinco años, conductas autolesivas, agresividad grave o un impacto significativo en la vida familiar.
Las rabietas en sí, no son un problema a eliminar, sino una habilidad en construcción. Cada episodio es una oportunidad para enseñar regulación emocional, siempre que el adulto pueda sostener, acompañar y guiar. Porque al final, educar no es evitar que el niño sienta emociones intensas, sino enseñarle qué hacer con ellas.






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